Cuando éramos jovenes…

Hoy toca un post al más puro estilo abuelo cebolleta, que sólo hará gracia a los que en mayor o menor medida hayan vivido en Gijón durante la época que aquí se relata.

Me hago mayor, algo inevitable a lo que no le das importancia hasta que llegas a cierta edad. No es que yo tenga todavía una edad muy problemática, pero cuando todos los lugares a los que solías ir o por los que solías pasar desaparecen, es imposible no entrar en crisis existencial.

Todo esto viene porque leo en el periódico de ésta, mi ciudad, que cierran Novedades Eloína, una tienda mítica de textiles para el hogar. En la época en la que la novedad era ir a Portugal a por toallas y manteles, un señor funda esta tienda en Gijón declarando la misma calidad a un mejor precio, a la tienda le pone el nombre de su tía. Con su slogan “más barato que en Portugal” conquista Gijón. Recuerdo que mi madre y mi abuela alguna vez me llevaron siendo pequeña a hacer alguna compra. Entre todos sus productos se encontraban los tapetes, el producto estrella de los hogares de los 80 y 90. Hoy en día (y gracias al Cielo) la generación tapete está desapareciendo, supongo que ésta sea una de las causas de su cierre, ya que no hacen falta este tipo de tiendas teniendo Ikea o los grandes centros comerciales.

Novedades Eloína

No es que me suponga una gran pérdida el cierre de este comercio, pero es otra pequeña cosa más que desaparece para no volver. Mi primera gran pérdida fue el Tik, la discoteca de moda de mi época teen, ahora reconvertida en chalets adosados.

Discoteca de moda para la gente que estudiaba en los institutos públicos porque en esta, mi ciudad, había tres tipos de discotecas ordenadas rigurosamente por castas. El Tik para la gente normal, dónde convivía todo tipo de fauna desde pijos hasta canis pasando por teens del montón. Si ya eras más pijo y te salía urticaria si te juntabas con la prole disponías de dos lugares: El Oasis y el Jardín. El Oasis, discoteca que todavía sigue en funcionamiento para eventos especiales, véase nochevieja y fiestas de guardar, era poblado por teens del colegio La Asunción en su mayor parte, junto con especímenes del colegio opusiano Los Robles (únicamente masculino). De vez en cuando los teens normales emprendíamos la peregrinación hacia allí en modo visita de cortesía. Dónde fui menos, por no decir nada, fue al Jardín, punto de encuentro de pijos del instituto El Piles (instituto de Paula Prendes) en colaboración con toda la horda del colegio de los Jesuitas y el Valmayor (el opusiano de chicas). Al Jardín le empecé a dar uso en las fiestas universitarias y nocheviejas. Hasta entonces no era parada habitual, ya que queda fuera del centro urbano y a no ser que tuvieses moto, no salía a cuenta ir en taxi todos los fines de semana. Pues bien, el Jardín también ha cerrado sus puertas, ahora sólo se dedica a eventos festivos multitudinarios estilo fiestas universitarias y no sé cuanto tiempo más durará, pero no le veo yo mucho futuro.

Lo siguiente que se declaró en bancarrota fue el barrio L’arena, lugar de fiesta por antonomasia durante muchos años, dónde estaban los bares de moda, véase: el Mavi’s, Pibe’s, Asturking, Players, Koning, El Goteru, La Cueva, El trasgu… todos cerrados, no queda uno. El Trasgu por ejemplo, convertido en una pulpería, ¡Qué cara se me quedó al descubrirlo! ¿una pulpería, en serio? nos hacemos viejos. Ya no quedan más que los carteles de se alquila en ese barrio, no hay pruebas de que fuera el centro de movida teen durante más de una década.

Pub Mavi’s

Tanto el Tik al igual que las demás discotecas y el barrio L’arena eran perfectos para salir. Un poco alejados del centro, cercanos al Parque Isabel la Católica, allí no se molestaba a nadie y nadie te molestaba a ti. No como ahora, que el nuevo Tik se llama Tribeca y está en la plaza más céntrica de la ciudad, dónde los teens no tienen esparcimiento y les preocupa poco mantener la compostura. Así que a partir de las 6 de la tarde de un sábado cualquiera, si pasas por esa plaza o alrededores te encuentras todo tipo de vicio mostrado sin pudor, ya no se molestan ni en esconderse, también es cierto que los estados de embriaguez que alcanzan tampoco se lo permiten. ¡Ay cuando yo era joven! e iba al Tik a tomarme ¡un Rives azul con Coca cola! y corría cómo si me fuera  la vida en ello a las 10 de la noche hacia la parada del bus, porque tenía que estar a las 10.30 en casa y ¡pobre del que no llegara!. Sin móviles, ¡que gran invento! llamar a casa justo a la hora que tenías que llegar diciendo que estabas tan lejos que no te iba a dar tiempo a llegar, ¡ay si te geolocalizaran, lo que podría haber pasado!

Ahora es cuando me doy cuenta que hablo como una abuela, yo, que llevo años intentado mantener vivo mi espíritu teen. Pero es que pasar por la plaza del Parchís y descubrir que la tienda más cool de ropa teneeger “Parchis” (menudo nombre más original ¿eh?) también echa su cierre, es muy duro. No porque comprase mucho ahí últimamente, pero tuve mi época, cuando era joven. Mi época de talla 38 en la que perfectamente me embutía en ropajes ceñidos sin ningún tipo de pudor y con mucho orgullo.

¡Ay, cómo hemos cambiado!

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Ensayo sobre la ceguera

Ayer terminé de leer “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago, el primer libro que leo de este autor. Al principio me sorprendió un poco su estilo narrativo ya que casi no utiliza símbolos de puntuación, escribe todo seguido, lo que puede provocar un poco de caos mental al principio. Además, este hombre tiene la peculiaridad de meter los diálogos dentro de la narración sin especificar quién está hablando en ese momento, lo que obliga a estar bastante atento al principio si no te quieres perder. Estos detalles provocan que el libro se tenga que leer todo de seguido ya que como dejes más de un día de barbecho cuesta bastante retomar el hilo.

A mi forma de ver es un libro de los que deja huella, no te deja indiferente y estoy segura que será uno de esos libros que nunca se olvida.

El argumento trata de una pandemia de ceguera que afecta a todos los habitantes de un país sin causa aparente, cómo va afectando poco a poco a todos y cada uno, centrándose en los seis personajes principales, que sorprendentemente no tienen nombre, se refiere a ellos de forma genérica. Durante el relato, Saramago va narrando en forma de ensayo las vivencias y sentimientos de cada uno de los personajes a lo largo de esa ceguera. Hay que resaltar que uno de los personajes, “la mujer del médico”, es la única que no se queda ciega de toda la población y por lo tanto su forma de ver lo que pasa a su alrededor llevará el hilo argumental.

Es un libro intenso, duro, crudo y cruel. Las descripciones de las situaciones más denigrantes a las que se puede enfrentar un ser humano hacen mella en el lector. Pero mientras vas leyendo las desventuras de los protagonistas aprendes, por contraposición a valorar más las cosas que te rodean.

No quiero destripar nada del libro, ya que el ansia de saber el final es lo que te hace seguir en los momentos en que la lectura se llega a hacer un tanto monótona. Un final demasiado feliz a mi forma de ver, que soy dada al pesimismo y la hecatombe. Me esperaba un final más drástico y agónico, por seguir con la línea del libro.

Leyendo la historia me dio por pensar que haría yo en la misma situación, si sería capaz de aguantar todo ese calvario, y es que nuestro propio límite no lo conocemos hasta que nos vemos en medio, cuando no queda más remedio se aguanta lo que haga falta, o no, depende de la fuerza mental de cada uno. También me puse en la posición de la protagonista principal, la única no ciega del relato ¿qué grado de responsabilidad hacia los demás adoptaría si me encuentro en la misma tesitura? ¿Estaría dispuesta a hacer por gente que no conozco lo imposible para sacarlos a flote? Curiosamente el personaje que hace de madre coraje es una mujer, supongo que no podría ser de otra manera (esto no quiere decir que me salga una vena feminista) pero a mi forma de ver los hombres no tienen el mismo espíritu de sacrificio que puede llegar a tener una mujer en situaciones extremas.

Lo dicho, un libro que me ha sorprendido gratamente y que ha dejado huella, llegué a él por recomendación amiguil. Así que yo aquí lo dejo por si alguien se anima.

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Google Wallet

Google está de moda y estos días más si cabe. Aparte de anunciar que google+ ya no es por invitación si no que comienza a estar al alcance de todos, se ha dado a conocer Google Wallet, la tarjeta de crédito en tu móvil, o al menos yo he sabido de ello ahora.

Un producto que a mi forma de ver está muy bien pero que no se utilizará en España hasta que yo tenga nietos, y que quizá estos ni lo vean. En España no se llevan estas modernidades, somos un país envejecido dónde se está más seguro con el dinero en efectivo y si es debajo del colchón mejor, que así no vienen los bancos a robarnos.

Dejando esa mentalidad a un lado, España tampoco es un país preparado tecnológicamente para acoger este producto. En muchos establecimientos no se puede pagar con tarjeta, hablo de establecimientos típicos como tiendas y restaurantes, de los bares de copas ya ni hablamos. Algo que valoro mucho cuando salgo fuera es poder pagar con tarjeta en cualquier cosa en cualquier lugar, ya sea desde el transporte público hasta una copa en un bar pasando por el periódico en un kiosko. Incluso se puede pagar a escote, se divide el precio total entre los comensales, el camarero viene con la maquinita de la tarjeta y la mejor de sus sonrisas, y tu le dices: cárgame tanto dinero, introduces tu pin y listo. Estas modernidades son impensables aquí, ponte tú a un camarero de chigre a decirle que te cargue de diez euros en diez euros, de tarjeta en tarjeta. Diría que la máquina está estropeada para luego ir a la trastienda a hacerte vudú. O vete tu por ejemplo al kiosko más cercano y dile al señor/señora kisokero que las revistas las pagas con tarjeta a ver que cara te pone, si cuando le dices que te recargue la tarjeta del abono de transporte hecha tres cuartos de hora, quinientas pestes  y al final nunca termina funcionando.

Google Wallet utiliza la tecnología wireless NFC (Near Field Communication) que permite la comunicación entre objetos cuando se encuentran a poca distancia uno de otro, estamos hablando de distancias en pulgadas, vamos que los tienes que pegar. Los aparatos conectados con este sistema pueden intercambiar información o leer información de etiquetas inteligentes.

El pago puede hacerse de dos formas o bien mediante Citi® PayPass™ MasterCard® o bien desde la tarjeta recarga de Google. Acercas el móvil y listo.

Presentación de Google Wallet

Yo, que soy muy mal pensada me planteo situaciones bizarras con mentalidad viejuna al estilo: ¿y qué pasa si trabajas en una tienda y tienes la mala cabeza de dejar tu móvil pegado justo al aparatillo de cobrar? podrías estar pagando las compras de todos los clientes sin enterarte. Una tranquilidad que te da un producto nuevo es que hasta que las bandas de rumanos-asalta cajeros aprendan a crackear la nueva tecnología, tu dinero está a salvo. ¿Y si tienes un amigo graciosete que te roba el móvil y se pasa una tarde de compras?, ¿Y si te roban el móvil? Y si…. Como se puede observar yo también tengo arranques de mentalidad española cerrada.

Cómo no, Google tiene una página con este tipo de preguntas y sus respuestas tranquilizadoras dónde nada malo puede pasarte y si te pasa, todo tiene solución. Y no, ninguno de mis devaneos mentales puede hacerse realidad, ya que para pagar tienes que meter un pin, como con cualquier tarjeta de crédito (aunque aquí hasta hace poco eramos más de firmas que de pin). Si te roban el móvil es como si te robaran la tarjeta, un marrón muy grande pero lo denuncias y listo. Y de aquí a que las bandas de rumanos-asalta-cajeros se hagan con el truco, pasará mucho tiempo.

Lo que no me termino de creer mucho es que dicen que no guardan información sobre los productos que compras, que esto se queda almacenado de forma local en tu teléfono. Mucho me extraña, ya que es una información bastante valiosa que puede ser aplicada para mejorar su publicidad y sus sistemas de recomendación. Pueden ganar mucho dinero a costa de engañarte con publicidad hecha a tu medida. De hecho, promocionan un servicio con las ofertas del día, ¿me están diciendo que te van a promocionar cualquier cosa y no lo que se adapte mejor a tu perfil?. Leo también que por cada compra se acumulan puntos, como con las tarjetas de los supermercados, no, si al final no vamos a estar tan lejos de la modernidad en España.

A mi particularmente me parece un producto muy bueno, que hará la vida mucho más fácil y cómoda, eso sí, de difícil y lenta adaptación todavía por estos lares. No obstante, confío en verlo funcionando algún día, aunque tenga que hacerlo en algún viaje al extranjero.

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Los nueve baños de septiembre

Cuenta la leyenda que quien se bañe en las aguas del mar durante 9 días seguidos del mes de septiembre será dotado de un sistema inmune a prueba de bombas, que le permitirá no contraer ninguna enfermedad durante el invierno y así tener más tiempo para conquistar el mundo.

Hablándolo con más gente creo que esta es una leyenda aplicada sólo a mi ciudad, Gijón y en concreto a una de sus playas, la de San Lorenzo, ya que nadie toma los baños en ninguna de las otras dos (más que nada porque igual el super poder otorgado tras el baño es la capacidad de tener tres ojos y ocho brazos). Y nadie ha oído hablar de esto en el resto de España.

De dónde surgió la leyenda, nadie lo sabe, aunque el Cantábrico siempre fue famoso por el poder regenerador de sus aguas, de ahí que la nobleza española se fuera al norte en verano a tomar sus aguas. Entre ellos se encuentra Isabel II de la que tengo oído que alguna vez se alojó durante unos días en el Palacio de Revillagigedo para tomar las aguas de esta, nuestra playa.

Pues bien, puedo decir que es mentira o verdad, depende de la apreciación. Es mentira porque he seguido rigurosamente y al pie de la letra cada una de las indicaciones y estoy mala: mocos amarillos, tos, dolor de garganta, dolor de cabeza… Es verdad porque todavía no estamos en invierno, de hecho todavía me queda un largo otoño por delante que ni siquiera ha empezado y la leyenda especifica claramente invierno. Igual es que al ser novata en la materia no me doy cuenta que mi cuerpo no está experimentando un catarro sino que está mutando interiormente absorbiendo los poderes adquiridos y que tras un tiempo prudencial mis músculos serán de hierro, me saldrán garras de los nudillos, tendré la capacidad de regenerar tejidos y si mi grado de concentración es el adecuado podré teletransportarme.

Quizá sea como una lotería, no todos los que toman los baños pueden ser tocados por el halo divino, igual son sólo los elegidos y para ello debería haberme flagelado antes de entrar al agua. Quizá el remedio sea válido hasta una hora, por ejemplo una letra pequeña que diga: sólo si te bañas antes de las tres de la tarde. Quizá haya un tiempo estipulado en el baño de mínimo quince minutos en el agua y si estás menos no hace efecto.

El caso es que he perdido la ilusión y la salud. Durante nueve días hice el esfuerzo de ir a bañarme y digo esfuerzo porque septiembre ya no es mes de vacaciones, al menos para mi. Esfuerzo también, ya que septiembre tampoco es mes de playa en La Escalerona, debido a los maravillosos arquitectos que diseñaron los edificios del Muro, que dan sombra a la playa en ciertas zonas (casualidad que es siempre donde yo me pongo) y cuando sube la marea no hay mucho donde elegir.

Playa San Lorenzo

Sea por una causa u otra a mi me supuso un esfuerzo que aumentó de grado paulatinamente. Durante los primeros días hizo sol y calor, y el mayor esfuerzo era tener la voluntad suficiente para ir sólo a darte un baño y no quedarte en la playa el día entero. Para ello inventé la técnica de la precariedad, que consistía en ir a bañarme justo antes de comer con hambre y sólo con una toalla, para no tener tentaciones. Otro punto a mi favor fue elegir la semana del mes en que la marea estaba alta justo a la hora de comer, con lo cual el agua te echa te quieras quedar o no.

Más tarde hacia la mitad del período bañil el sol y el calor desaparecieron, pero no estaba mal ya que en comparación el agua estaba caliente a 21ºC, nunca me había bañado con el Cantábrico a tanta temperatura. Así que no desistí y aguanté estoicamente hasta el último día. Y el último día llegó, con lluvia, frío y marejada. ¿Qué haces ante tal situación después de haberte pasado ocho días de tu vida esforzándote por una causa y tan cerca ya del final?. Pues hice lo que cualquier otro habría hecho en mi lugar: sufrir, apretar los dientes y tirar palante. Pero ese día cambié el horario, no fui antes de comer y estoy segura de que esa fue mi desgracia, romper el horario mágico. Esperé y esperé a que el mal tiempo pasara, pero no pasó, incluso podría decir que empeoró. Eran las 5.30 de la tarde y ya no podía esperar más, más que nada porque el cielo estaba tan negro que era casi de noche, así que salí de casa lloviendo, con viento, con frío, en chanclas y con mi toalla. Llegué incluso a plantearme la posibilidad de llevar paraguas, luego razoné que era un tanto ridículo. Así que allí me fui, bajo la lluvia y el frío camino de la playa a tomar mi último baño. Porque si son nueve, son nueve y si con un baño más me garantizan la inmunidad perpetua, yo hago los esfuerzos que hagan falta. Cuando llegué a la playa me apoquiné un poco ya que no había nadie en el agua, la marea estaba alta y la única compañía aparente eran los socorreros mojados maldiciendo el tiempo y la precariedad laboral. Al empezar a bajar las escaleras de La Escalerona, donde el agua estaba ya rompiendo, descubrí a un grupo de bañistas agazapados, sentados en las escaleras mirando el mar con tristeza. Tenía dos opciones o irme a mi casa calada y sin baño o cerrar los ojos y apretar los dientes. Así que me tiré al agua. Y ahí estuve luchando por mi vida contra las olas, con bandera amarilla casi roja y una resaca que te engullía y contra la que no podías luchar.

Ahí estaba yo con la misión cumplida, sóla en medio del mar, ¿sóla? ya podía haberlo estado. Giré la cabeza y me encontré por sorpresa con la profesora que más odié durante todo el instituto, de hecho una de las dos que odiaré durante toda mi vida, de la que nunca podré olvidar su cara. La señora me reconoció e hizo ademán de saludar, incluso si la hubiese saludado hubiese sido capaz de entablar una conversación, pero yo huía, o lo intentaba, luchaba contra las fuerzas del mar que me tenían retenida.

Y ahí lo supe, engullida por las olas, con frío, con lluvia, con viento y con la peor compañía que podría haber encontrado, supe que me iba a poner mala y que los nueve baños de septiembre eran una mentira inventada por “Señoras de La Escalerona que te mienten sobre los poderes curativos de los nueve baños de septiembre, para tener la excusa de poder seguir yendo a la playa con la conciencia tranquila”.

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La piel que habito

El sábado pasado después de tres años sin pisar un cine fui a ver La piel que habito (The Skin I live in) de Almodóvar. Tres años que se dice pronto y es que a veces por la comodidad de internet, otras por el precio de la entrada y normalmente porque siendo fin de semana siempre surgen otros planes, lo vas dejando y al final nunca encuentras el momento.

Me congratula mucho haber roto la barrera con esta película ya que se merece hasta el último céntimo que pagué por la entrada. Y es que cuida hasta el último detalle de un modo obsesivo, como obsesivo es Robert, el cirujano que encarna Antonio Banderas.  Atrás queda ya el Almodovar zafio de los ochenta, en esta película aparece totalmente renovado, menos alocado y más intenso. Porque intensa es la película, que no deja un segundo al aburrimiento y que contesta justo a su tiempo a las preguntas que al espectador le van surgiendo sobre los personajes.

Elena Anaya lo borda, no es porque sea fan, pero la chica vale un potosí. Con Antonio Banderas tenía mis dudas ya que siempre me pareció un actor malo y oportunista, pero debo reconocer que lo hace bastante bien. Marisa Paredes también muy buena y Blanca Suárez toda una sorpresa, yo pensando que la moza sólo sabía poner poses y ¡resulta que sabe actuar! y además muy bien.

Antes de ir, leyendo críticas me sorprendió la del País que venía a decir algo así como que era muy triste que una película que quiere provocar angustia lo que en realidad provoque sean risas. Y lo hace no sé si intencionadamente o no, pero provoca risa, risa nerviosa e incrédula ante el surrealismo que se te presenta delante, un “no me lo puedo creer” que se convierte en risa porque o te ríes o te horrorizas. Yo soy de la opinión que está hecho adrede ya que el guión en ocasiones lo propicia. Pero no por más risas la película deja de ser menos angustiosa, no es angustia en el momento, aparece a posteriori cuando te pones en la piel del protagonista.

En toda película Almodovariana es muy importante la música, aquí viene a cargo de Concha Buika, cantante que no conocía pero que me encargaré de seguir.

El argumento de la película podría resumirse en: la obsesión de un cirujano por crear una piel resistente a quemaduras tras la muerte de su mujer en un incendio, hasta ahí puedo leer. El tráiler no es que ayude más pero crea expectación.

La piel que habito

Altamente recomendable, una película que no deja a nadie indiferente.

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Islas Lofoten

Hace dos años por estas fechas regresaba a Luleå, mi ciudad Erasmus, feliz después de mi primer viaje de la temporada en las Islas Lofoten. Dos años ya y parece que fue ayer.

El archipiélago noruego de Lofoten, situado por encima del círculo polar ártico, está compuesto por cinco islas en las que se encuentra la ciudad con el nombre más corto del mundo:  Å. Otra particularidad de estas islas son las temperaturas suaves en invierno, no suelen bajar de 0ºC, pese estar en el Polo Norte, esto se debe a la Corriente del Golfo. La principal actividad de las islas es la pesca del bacalao.

Islas Lofoten

Lo que hizo especial al viaje no fue sólo ser el primer viaje erasmusil sino también el paisaje, el albergue y sobre todo la gente. No escogimos la mejor época del año para visitar estas islas, ya que la mejor visita suele ser en junio cuando el bacalao empieza a colgarse de los desecaderos, el sol de medianoche hace su puesta en escena y es muy raro que llueva. Durante los cuatro días de viaje no vimos un sólo rayo de sol y empezamos a saber lo que era El Frío, pero no nos importó ya que era la primera oportunidad de estrenar la ropa térmica recién comprada y empezar a usar los gorros de lana con orejeras. Pese al frío (nada comparado con lo que nos tocó vivir después), las nubes, la lluvia y en ocasiones la niebla, el paisaje dorado de otoño no perdió su esencia.

Islas Lofoten

Lo que me llamó la atención, aparte de los fiordos noruegos, fue la carretera que conecta las islas, se llama Lofast (Lofoten Mainland Connection, en noruego: Lofotens fastlandsforbindelse), oficialmente abierta desde 2007. Llama la atención por los túneles bajo el mar y por los puentes, dignos de alabar ya no sólo por su extensión si no su arquitectura.

Å

El viaje duró cuatro días de los cuales dos fueron para recorrer los 800km de ida y los 800km vuelta por la E10. Debido al clima, el tiempo restante fue de sobra para recorrer las islas, ya que no pudimos bajarnos mucho del coche. Lo propio sería haber hecho alguna ruta a pie o en bici por los distintos paisajes, aunque para eso el mes de septiembre no es muy propicio.

Fiordo en Lofoten

Que hiciese mal tiempo no nos impidió bañarnos en las frías aguas del Atlántico Norte. Con 8ºC todos al agua a celebrar que no hay dolor en el espíritu Erasmus. Tras diez minutos más de lo debido a remojo y por causas ajenas a mi voluntad (los que lean esto y estuvieron conmigo bien se acordaran) descubrí que la hipotermia existe y que lo más razonable habría sido darme una ducha con agua caliente para entrar en calor. Pero ¡sorpresa! para el agua caliente había que pagar 5 coronas noruegas, conclusión: hay que ahorrar, se pasa frío y punto, ¡ese es el espíritu!. Aunque no todo iba a ser sufrir, nos dio tiempo también a comernos una hamburguesa de ballena.

Hamburguesa de ballena

Recuerdo que debido a la emoción del viaje nos pareció intuir una noche una aurora boreal, meses después comparando aquello con una de verdad descubriríamos que todo había sido producto de nuestra imaginación y que el blanco en medio del cielo oscuro era una nube, como bien decían algunos.

Bacalao noruego

Supongo que el viaje no habría sido tan especial sin nuestro albergue de cuento en Stamsund, un edificio que ocupa dos casas de pescadores, cuyo dueño Roar un marino y pescador retirado, se pasa de vez en cuando a echar un ojo y contar historias, según cómo tenga el día y la mala leche. El albergue es bastante barato (diez euros la noche), para el agua caliente hay que pagar extra y la limpieza es la justa para no perder la decencia, la cocina sin embargo está bastante bien. Supongo que es ideal para grupos grandes como el nuestro (éramos dieciséis), las camas son duras pero la sensación de dormir en la habitación de Blancanieves y los siete enanitos lo compensa todo.


Albergue en Stamsund

Así son las Lofoten, mágicas,  llenas de historia, de fiordos y de bacalao.

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Cuéntame cómo pasó

Si ayer hablaba del comienzo del curso escolar, hoy sigo en la misma línea. Desde que comencé la carrera, hace ya muchos años, no hay comienzo de curso que se precie en el que no hayan estado Merche y Antonio.

Podría decirse que yo he crecido con Imanol Arias y Ana Duato. Ana Duato entró en mi vida haciendo el personaje de la madre de Celia, aquella niña a la que todas queríamos parecernos y de la cual me sabía sus libros de memoria. Su siguiente aparición fue en Médico de Familia, para más tarde terminar en Querido Maestro donde conoció a Imanol y formaron la pareja/matrimonio más longevo y con mejores resultados de la historia de la televisión. Desde entonces para mi van en pack como lo demuestran Cuéntame y la serie sobre Severo Ochoa que hicieron aprovechando el tiron matrimonial.

Hay series a las que se les tiene más cariño que a otras, no ya sólo porque hayan durado más que el resto, sino porque han calado hondo. Este es el caso de Cuéntame que reúne a generaciones delante de televisor compartiendo vivencias, los jóvenes  sin entender como las abuelas podían lavar sin lavadora, nuestros padres recordando sus tiempos mozos y todos  en común rememorando las vajillas de duralex, los sofás de skay y la televisión en blanco y negro con dos canales, que de una forma u otra a todos nos tocó vivir.

El comienzo de la serie fue incierto, no se sabía muy bien como calaría en la audiencia la representación de una familia en la época más controvertida de España, pero lo supieron llevar con mano izquierda resaltando siempre los recuerdos buenos y suavizando los no tan buenos. Una vez establecida la audiencia se propusieron llevar a los Alcántara hasta 1982 con la victoria de Felipe González en las urnas, dando por finalizada la transición y la serie. Pero teniendo en cuenta que la décima temporada empieza en 1979 miedo me da que a los hijos de Carlitos no les toque aparecer en la época del botellón.

Familia Alcántara

La serie me gusta pero capítulos como el de ayer, comienzo de temporada, decepcionan un poco, ya que lo que menos se espera una es que te pongan un capítulo remember usando como excusa el cumpleaños de Merche. Tras la llegada de los Alcántara al barrio de Salamanca la serie perdió un poco la gracia que la caracterizaba y es que yo entiendo que tengan que compendiar en una sola familia todos los males de la España de la época para que todo el mundo tenga su representación. Pero lo que es totalmente inverosímil (o al menos lo es a mi forma de ver) es que un ordenanza del ministerio que se pluriemplea en una imprenta pase a ser pez gordo del mundo de la construcción de la noche a la mañana, pierda todo su dinero en timbas de póquer tras volverse ludópata y se recupere del vicio como Director General de Ministerio de Agricultura. Lo que gusta de la serie es que representa a las familias normales de la época y tras la última temporada nadie se sintió identificado. Algo debieron de intuir, ya que sin poder parar la vorágine de dinero, status y poder que arrastraba a Antonio Alcántara decidieron  cortarle las alas de raíz y dejarlo sin un duro con la quiebra del banco, para que así una vez más resurja de sus cenizas y represente a un espectro más amplio de la población. La idea era buena hasta que se les ocurrió estrenar la temporada con un remember, bien enlazado todo hay que decirlo y con mucho gusto, pero un remember hecho a base de recuelos. Eso está bien como capítulo de relleno a mitad de temporada o incluso como colofón final, pero no para empezar el curso con alegría.

Y es que Cuéntame está perdiendo fuelle y el único que gana con los años es Carlitos (ganaría todavía más si le arreglaran un poco esos dientes). En otros el paso del tiempo no pasa desapercibido, como en Merche, cada año un poco más vieja pero un personaje más sabio y menos forzado. La abuela lo borda y es que yo a ese personaje le tengo un cariño especial. De Toni no sé qué decir, esa transformación hiper-proteica cual muñeco de Michelín no me gusta nada, lo del peinado de esta temporada merece mención aparte. De Inés mejor no comento nada porque me saldría la analogía comparativa de la madre de Carlton Banks en el Príncipe de Bel Air, y es que esos cambios de actrices nunca fueron buenos, es algo así como si un día a la hora de cenar te cambian a tu abuela por la vecina del primero pero te obligan a tratar a esa señora igual que si no hubiera pasado nada. Gracias a Dios no todo va a ser malo y es que Josete está consiguiendo grandes avances corporales y estilísticos que le están haciendo convertirse en una persona de bien.

Mucho se lo tienen que currar esta temporada en Cuéntame para que la gallina de los huevos de oro siga funcionando tal y como de costumbre, aunque no seré yo la no que les de la oportunidad, ya que todos los jueves tengo apuntado en mi agenda: cena con Merche y Antonio.

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La vuelta al cole y la vuelta al blog

Como en la película “El Día de la Marmota”, vuelvo al cole cada septiembre, sé que en algún momento se romperá este bucle infinito, pero de momento no será en este curso que comienza. Hace años, el curso escolar se presentaba con la  ilusión de libros nuevos, mochila nueva, chándal de táctel nuevo… Ahora la chispa se ha perdido y cada septiembre reaparecen los mismos apuntes del año anterior, ante los que tras pasar sus páginas te reafirmas en que tú esto ya te lo sabías y te desesperas pensando si este año caerá o no caerá la asignatura maldita.

Como la ilusión es lo último que debe perderse, puede que no estrene libros y que el chándal de táctel ya no sea la última moda, pero he decidido estrenar blog. Una vez más comienzo el curso escolar cargada de buenos propósitos y de castillos en el aire, que a veces cimientan, aunque la mayoría de las veces no.

Este curso por tener que ser el último, más que nada porque el Plan de Bolonia se tragará mi titulación el próximo año, será la última (y definitiva) vez que ponga en marcha este blog. Atrás queda ya, guardado a buen recaudo, las viejas historias escritas en salas de ordenadores con monitores CRT y disqueteras de 3/5.

Comienza el curso escolar, comienza definitivamente mi blog, para bien o para mal, el tiempo nos lo dirá.

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